El fin de las ideologías

Con cierta frecuencia -y temor- escucho en los medios de comunicación a varios analistas que advierten la muerte de las ideologías políticas. 

El pragmatismo, como ellos señalan, es la tendencia más apropiada para una sociedad que necesita respuestas concretas y oportunas ante los vertiginosos cambios propios de una realidad tan dinámica como la actual.

Esta apreciación, en principio subjetiva, se ve corroborada por cierta evidencia empírica. El informe Latinobarómetro 2018 revela que, en promedio, solo un 13% de los latinoamericanos confían en los partidos políticos. En el caso de Ecuador, la cifra alcanza poco más del 18%. 

Este penoso desgaste no es más que la consecuencia de una sucesión interminable de líderes corruptos, fragmentaciones y corrientes populistas. Por ende, la pérdida de confianza en los partidos políticos naturalmente afecta la percepción ciudadana respecto a las ideologías, así como su importancia.

Y es en este escenario donde encuentran cabida aquellos candidatos que, en nombre del pragmatismo, tercian en contiendas electorales auspiciados por movimientos autodenominados “antisistema”, “apolíticos” u otras creativas incongruencias que, por lo expuesto, se sintonizan rápidamente con el electorado. 

👉🏻Muchos de ellos ganan elecciones, y es ahí donde empiezan los tropiezos.

En términos simples, una ideología es un conjunto de principios, valores y creencias que orientan nuestras decisiones. Un marco de pensamiento que abre o cierra límites en nuestra vida. 

En un contexto político, la ventaja de los partidos, especialmente de aquellos de alcance mundial, es poder contar con mecanismos permanentes de formación, construcción y debate ideológico, espacios en los que, respetando la individualidad y los matices, se alcanzan acuerdos mínimos respecto a los mejores caminos para garantizar el bienestar del ser humano.

Por lo expuesto, un político sin ideología carece de visión de desarrollo. Una vez en el poder, esta condición se ve reflejada en decisiones apresuradas, contradicciones programáticas o, lo que es peor, acciones caudillistas totalmente carentes de visión a largo plazo.

Hoy vivimos en el error de la negación ideológica. Sin embargo, no nos damos cuenta que la supervivencia de la democracia y la libertad depende de recuperar, a todo nivel, el necesario debate ideológico. Pues, finalmente, la contraposición de ideales disímiles es la suprema prueba de civilidad.

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