Santa Ana de los “Ríos de Quejas”

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Joyas de filigrana, hechas a mano. Fuente: Folleto de fiestas de Cuenca 2017, GAD Cuenca

Hace algunos años, cuando asistía a reuniones de trabajo fuera de la ciudad, siempre me llamó la atención el particular comportamiento de mis colegas cuencanos. Los comentarios y ejemplos utilizados en las sesiones laborales -algunos rozando el chovinismo- siempre ponderaban que en Cuenca las cosas o eran mejores, o podían llegar a serlo en poco tiempo; sea cual sea el tema o disciplina de conversación o análisis.

Lamentablemente, desde hace no mucho he sentido que los cuencanos nos hemos convertido en seres quejumbrosos, negativos y hasta hostiles con nuestra tierra.

Es innegable que durante este lustro hemos sufrido una serie de problemas, percances y contratiempos; quizás sin parangón nuestra historia; sin embargo, la queja y el descontento con nuestra ciudad está llegando a niveles extremos que, incluso, “quejarse” ha pasado a convertirse en la muletilla de emergencia para romper el hielo e iniciar conversaciones en diferentes espacios.

Ante esto, estamos a tiempo para que recuperemos el orgullo de ser cuencanos. Cuenca representa la combinación más deseable de varias cosas. Es sus calles, plazas, casas, iglesias, parques, puentes, museos y ríos. Cuenca es también industria, comercio, gastronomía, artesanía, turismo, historia y tradición.

Pero, por sobre todas las cosas, CUENCA ES SU GENTE.

A nivel nacional nos identifican como ciudadanos cultos y educados, resultado de contar con centros de estudio de alto prestigio en el Ecuador, así como de una larga herencia de instituciones y personajes vinculados con el arte, la cultura, las ciencias e incluso la política.

En lo público y en lo privado, nuestros profesionales son muy requeridos en todas las ciudades, pues ser de Cuenca ha llegado a ser sinónimo de capacidad, honestidad y trabajo responsable.

El cuencano también es emprendedor. Pese a las dificultades históricas de conectividad y logística -todavía muy vigentes-, ha sabido utilizar con inteligencia los recursos disponibles para desarrollar interesantes proyectos de negocio y empresa, a diferentes niveles y alcance.

Y la lista podría extenderse ampliamente. Es así que cada dardo que lanzamos contra la ciudad, sea que apunte a algún político o a una autoridad, a la larga nos hiere a todos en nuestro orgullo, autoestima y sentimiento por Cuenca. Reducir nuestra apreciación y valoración de la ciudad a solo los problemas de obra pública, deja un sabor de ingratitud con nuestra histórica idiosincrasia y especialmente con aquellos que a diario estudian, trabajan y se esfuerzan por hacer de Cuenca una mejor ciudad.

Hay temas pendientes en la ciudad cuya solución, obviamente, está fuera de nuestro alcance y recae en la cancha de las autoridades, en sus diferentes niveles. Es justo, por supuesto, presionar, reclamar y exigir. Sin embargo, existen muchos otros asuntos en la ciudad que requieren inmediata acción y sobre los cuales sí podemos actuar, tener incidencia y marcar la diferencia.

¡Recuperemos el orgullo de ser cuencanos!

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