Nacer en el mundo

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El nacimiento de un niño, en cualquier parte del mundo, es un acontecimiento especial. Desde el momento del alumbramiento, el bebé pasa a ser lo más importante en la vida de sus padres, el hogar y la familia. Ante esto, a lo largo de la historia, pueblos y culturas del mundo han ido construyendo tradiciones y ceremonias para dar la bienvenida al nuevo integrante de la familia.

Los invito a viajar y conocer algunas de estas.

Empezamos nuestro recorrido en el Pacífico. En Bali, Indonesia, el bebé es considerado un ser divino por lo que, ante tal cualidad, al nacer no puede tocar el impuro piso. Solo seis meses después, el infante toca “tierra firme” en una ceremonia llamada otonan, en la que se subsanan los errores y males de su vida pasada para lograr una mejor existencia.

Siguiendo con nuestro recorrido, llegamos a la península escandinava, a Finlandia. A pesar de sus gélidas temperaturas, el primer moisés sobre el cual hace sus primeras siestas el recién nacido no es más que una sencilla caja de cartón con un colchón pequeño. Esta tradición, que ya tiene más de 75 años, se ha mantenido por una política pública del gobierno central de entregar a las mujeres embarazadas un ajuar completo para el bebé que, a más de ropa, pañales reutilizables y productos para el baño, incluye esta cajita, a la que -incluso- se le atribuye coadyuvar a que el país tenga una de las menores tasas de mortalidad infantil del mundo.

Paseando por otros lugares de la vecindad escandinava, llegamos a las no menos frías Suiza y Dinamarca. Y vale hacer una comparación. Mientras repetimos como loros a nuestros hijos el “abrígate para que no te enfermes”, en estos dos países hacen absolutamente lo contrario: los padres dejan a sus niños en la calle, patio o balcón para que hagan su siesta en el coche, cobijados por una agradable temperatura bajo cero. Por supuesto, talvez solo así se pueden desarrollar suficientes defensas para vivir y soportar tales inviernos extremos.

Al sur de Europa, y con unos cuantos grados más de temperatura, en España encontramos la localidad de Castrillo de Murcia. Ahí se celebra anualmente, durante el Corpus Christi, El Colacho, festival en el que extraños personajes vestidos de arlequín y cubiertos con máscaras de diablo, recorren la ciudad saltando sobre colchones en los que reposan los recién nacidos de ese año. Esta temeraria gimnasia -que estremece de nervios a más de una madre- se realiza ya cuatro siglos, con el propósito de purificar a los niños y protegerlos de enfermedades en el futuro.

En Trinidad y Tobago son más pragmáticos. En la primera visita que se realiza para conocer a la criatura, el visitante tiene que cerciorarse de llevar consigo algo de dinero pues, según la tradición del país, hay que colocar algo de efectivo entre sus pequeñas manos, a fin de que el destino les augure prosperidad y bendiciones. Pero ojo, no podrá hacer esta visita después de las seis de la tarde, pues, según la creencia, el rocío de la tarde podría enfermar al bebé.

Luego de pasearnos y aprender sobre las costumbres en otros continentes, regresamos a casa, a Ecuador en donde, desde la cosmovisión andina, el parto es un ritual ancestral. Aquí, la partera es portadora de toda la sabiduría de la comunidad indígena y conduce la ceremonia de alumbramiento. Arregla y purifica el cuarto, se encomienda a la energía de la naturaleza, bendice el vientre; con todo preparado, maneja las contracciones de la mujer y procura que el cuerpo de la parturienta esté siempre abrigado.

El alumbramiento es un instante sagrado. La matrona recibe al bebé entre sus manos y le entrega oralmente palabras dulces de bienvenida que marcan el inicio de su cultura e identidad. El niño actuará en su vida de acuerdo a como haya venido al mundo, según la creencia ancestral. Asimismo, como parte del ritual, la placenta de la madre se envuelve en una manta y se entierra bajo un árbol, cerca de la casa, para que el recién nacido no olvide nunca sus orígenes.

Finalmente, una de las tradiciones más extendidas en el mundo -y ampliamente practicada entre nosotros- es amarrar en el brazo izquierdo del recién nacido un pequeño hilo de lana, de color rojo, para protegerlo del temible mal de ojo, que no es más que una intensa energía negativa emanada de las miradas de las personas. Esta pulsera, gracias a su color, disuade las miradas y protege al bebé de estas energías negativas.

Ceremonias, tradiciones, rituales, amuletos; a la larga, todos estos elementos tienen un mismo propósito: proteger al recién nacido de los peligros del entorno y asegurar una vida llena de prosperidad y bendiciones.

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