Ciudadanos del mundo

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En 1825, el escritor mexicano José Joaquín Fernández de Lizardi, pionero de la novela latinoamericana, en su obra Conversaciones de El Payo y el Sacristán, planteaba una serie de preguntas que, casi doscientos años después, todavía llaman la atención:

“¿Por qué no han de ser ciudadanos todos los extranjeros? ¿No es el hombre ciudadano del mundo? ¿Pues para qué son esas distinciones odiosas?”

Las respuestas a estas interrogantes se plasman más adelante en el proyecto de Constitución Política de una república imaginaria, cuyo primer artículo reza: “Son ciudadanos todos los hombres que sean útiles de cualquier modo a la República, sean de la nación que fuesen”.

Al leer estas líneas -evocadas en el efervescente ambiente social del México de la post independencia-, creeríamos que fueron inspiradas en los recientes hechos políticos ocurridos en este 2017: en el que se habla de construir muros para separar pueblos, de endurecer leyes para deportar personas, de condenar nacionalidades para fortalecer la seguridad.

Esta generalizada tendencia antimigratoria se puede observar en países grandes, pequeños, desarrollados o subdesarrollados. No hay distinción. Por lo que, las ‘personas comunes’ absorben sucesivamente estas percepciones y conceptos negativos en torno al residente extranjero y, en ciertos casos, han llegado a desembocar en actitudes racistas o xenófobas.

Poco se hace por difundir el aporte positivo de la inmigración en los países desarrollados: mano de obra cualificada a bajo costo, apoyo a sostener el estado de bienestar a través del pago de impuestos, ocupación de plazas laborales descartadas por los trabajadores locales o, simplemente, la positiva incidencia de su trabajo en los indicadores de crecimiento económico.

Incluso, pasa desapercibido el valioso enriquecimiento cultural que conlleva el recibir personas procedentes de otros países, a partir de promover la tolerancia y el respeto a formas diferentes de vida. En respuesta a los históricos esfuerzos de integraciones regionales, hoy, más bien, se han acentuado los nacionalismos fanáticos e intolerantes.

Durante el Imperio Romano, los filósofos estoicos sostenían que “el sabio ideal es aquel que vive conforme a la razón, está libre de pasiones y se considera ciudadano del mundo”.

A inicios del siglo XXI, cuando se pensaría que la sociedad ha evolucionado y que gracias a la tecnología las fronteras se han disuelto, emergen políticas regresivas que atentan contra los derechos de la menor minoría existente: el individuo.

¿Por qué no han de ser ciudadanos todos los extranjeros? ¿No es el hombre ciudadano del mundo?

Las preguntas siguen vigentes.

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