Vanidad de vanidades, todo es vanidad

VanidadLa vanidad es considerada como el original y más serio de todos los pecados, incluso, se ha llegado a establecer como la fuente de la cual se derivan todos los otros. Tal dimensión tiene esta apreciación que el ensayista inglés, John Milton, en su obra El Paraíso Perdido, detalla que este es el pecado que cometió Lucifer al momento de querer igualarse o superar a Dios.

Partiendo de un análisis semántico, la vanidad se relaciona con “lo vano” y se refiere a estar pendiente o preocupado por cosas sin importancia, por lo que, en estricto sentido, es claro que tener una sana preocupación por uno mismo, sea nuestra salud o imagen física, no debería ser vanidad.

Sin embargo, es importante analizar otras dimensiones de la vanidad, entre estas, la faceta en la que a veces la encontramos disfrazada de “humildad”. Ernesto Sábato, en su obra El Túnel, la describe con su lucidez característica:

Me hacen reír esos señores que salen con la modestia de Einstein o gente por el estilo; respuesta: es fácil ser modesto cuando se es célebre; quiero decir parecer modesto. Aun cuando se imagina que no existe en absoluto, se la descubre de pronto en su for­ma más sutil: la vanidad de la modestia. ¡Cuántas veces tro­pezamos con esa clase de individuos! Hasta un hombre, real o simbólico, como Cristo, pronunció palabras sugeridas por la vanidad o al menos por la soberbia…

La vanidad puede estar oculta en la esencia de muchos actos cotidianos, en principio generosos y abnegados: Cuando hacemos una obra de caridad, que per se es un actitud solidaria y altruista, puede haber detrás un vanidoso deseo de esperar ser felicitados, aprobados y apreciados por esta acción.

Sin embargo, podríamos profundizar aun más. ¿Hasta qué punto está mal desear ser “bien visto” por el resto? Un posible criterio de evaluación y respuesta a la pregunta podría ser el nivel de egoísmo que acompaña ese deseo: si por buscar brillar, destacarnos o ser felicitados olvidamos a la gente que nos rodea, sus necesidades y circunstancias, estaremos frente a ese nocivo e inmoderado amor a nosotros mismos que sólo cuida el interés propio.

Ante esto, recae en nosotros el hacer periódicamente un autoexamen sobre nuestra conducta y evaluar cuánto se han adueñado los vicios de nuestro destino. Para ilustrar el tema, cabe una historia: Marco Aurelio “el sabio”, emperador de Roma, gustaba de pasear por las calles y plazas de la ciudad, en donde era vitoreado y aclamado por los ciudadanos como si fuese un especie de semidiós. Para evitar ser presa de la corrosiva vanidad, el Emperador adquirió la costumbre de ser acompañado por un esclavo, quien, entre aclamaciones y vítores, siempre le susurraba al oído, “¡mira tras de ti! Recuerda, solo eres un hombre.

La vanidad no es un vicio a menos que se manifieste en un grado extremo; e igualmente la humildad deja de ser una virtud si es exagerada.

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