Corrupción: de la excepción a lo cotidiano.

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Cuando estudiaba Comunicación Social, en varias ocasiones analizábamos -con preocupación- el hecho de que, ante la sobrecarga de imágenes violentas que aparecían de manera recurrente en diarios, revistas o en la televisión, perdíamos gradualmente nuestra capacidad de asombrarnos ante la magnitud del fondo de la noticia: muertes, heridos, abusos, violaciones.

La violencia se volvió algo cotidiano, un producto de consumo visual.

Con sus evidentes matices, este mismo caso hoy lo sentimos con la corrupción. Tanto desde las esferas públicas como privadas, a diario recibimos un torrente de información sobre coimas, lavado, enriquecimiento ilícito, paraísos fiscales (no tropicales) que nos lleva a un punto en el cual ya nada nos asombra.

Hemos llegado a creer que el abuso de confianza es una condición natural de la sociedad y que el soborno es una etapa legítima dentro de la cadena de valor de los negocios con el Estado. Hemos asumido una actitud pasiva y hasta tolerante. Es la podredumbre.

¿Por qué ya no nos indigna? Talvez para nuestro análisis etico/moral tomamos como referente nuestra economía personal, por lo que hablar de delitos de cientos -o miles- de millones sea difícil de abstraer o entender para el común de los mortales. Quizás por eso cala más en la sociedad imágenes de un techo falso (o un cisterna, ¿recuerdan?) lleno de billetes, que complejas transferencias bancarias realizadas a través de fideicomisos offshore con testaferros en paraísos fiscales.

“Que la corrupción ha existido siempre”, lo sabemos. Pero, seamos honestos, nunca antes ha circulado tanto dinero en el país como en los últimos años; y si a esto le sumamos que las mismas estructuras sociales se han mantenido inamovibles en más de una década, tenemos como corolario un proceso organizado y eficiente para disponer del dinero de todos. De tu dinero.

Hace 20 años, Eduardo Galeano, en su libro El Mundo al Revés, ya daba algunos consejos al respecto, que parecieran escritos para nuestra época y especialmente dedicados a algunos de sus hoy coidearios en el poder:

“La impunidad premia el delito, induce a su repetición y le hace propaganda: estimula al delincuente y contagia su ejemplo. Y cuando el delincuente es el estado, que viola, roba, tortura y mata sin rendir cuentas a nadie, se está emitiendo desde arriba una luz verde que autoriza a la sociedad entera a violar, robar, torturar y matar. El mismo orden que por arriba alza la impunidad como trofeo para recompensar el crimen”.

Finalmente, solo nos queda esperar que, en el corto plazo, con valentía nos decidamos a recuperar nuestra capacidad de asombro.

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