La rebelión de los tibios

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Seguro han escuchado la expresión “ni chicha ni limonada”; dicho que, en su origen, se utilizó para comparar estas dos bebidas con una tercera que no era ni fuerte (o alcohólica) como la chicha, ni suave como el jugo de limón.

Asimismo, esta comparación también es válida para describir a aquellas personas que al momento de decidir entre ser fríos o ser calientes, por conveniencia, eligen ser simplemente “tibios”.

Describamos su perfil.

Cobijados bajo el eufemismo de “ser neutrales”, los tibios se rehusan a asumir una posición clara y definida ante circunstancias en las que necesariamente tienen que tomar partido. Con su indiferencia, ellos avalan el atropello, legitiman el abuso, se convierten en espectadores impávidos de la injusticia y cómplices silentes del bando opresor.

Los tibios quieren pertenecer a dos mundos y beneficiarse de lo que puedan sacar de cada uno. No les importa renunciar a sus convicciones, creencias y principios si es que así logran cumplir con su cometido.

Cuando no logran evadir una discusión, y fatídicamente se ven atrapados en situaciones en las que tienen que elegir ser “blanco o negro”; con su tibieza característica buscarán apelar al Juicio de Salmón para crear gambetas lingüísticas como “no todo es malo”, “hay que ser objetivos”, “pongámonos en los zapatos de la otra parte”.

Por supuesto, no estamos hablando de quienes asumen una legítima posición de imparcialidad; sino de aquellos que, ante el superclásico del siglo, esperan al minuto noventa para subirse a la camioneta del equipo triunfal. Lamentablemente, en la mayoría de casos de la vida, lo que está en juego nos son jugadas y goles sino nuestros derechos y libertades.

Vale indicar -ya que estamos en Semana Santa- que la tibieza no escapa del escrutinio divino. El profético Apocalipsis de San Juan 3, en sus versículos 15-16, retrata como Jesús se refiere a estos indecisos personajes:

15. “Yo conozco tus obras, que ni eres frío ni caliente. ¡Ojalá fueras frío o caliente!” 16. “Pero por cuanto eres tibio y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca”.

En este mismo contexto, ante una broma un poco fuera de lugar,  hoy me hicieron una comedida invitación: “blasfemo, nos vemos en el infierno”; lamentablemente, las llamas del averno, como señala Dante Alighieri en la Divina Comedia, tienen derecho de admisión: “Los lugares más calientes del infierno están reservados para aquellos que en tiempos de crisis moral mantienen su neutralidad”.

Por lo expuesto, concluyo: la peor traición que nos podemos hacer a nosotros mismos es saber que pudimos haber hecho algo por cambiar las cosas, pero nuestra cobardía lo impidió.

Que nos critiquen por hacer.

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